En segundos, mi cuerpo paralizado se había separado del entorno, el sonido de las copas tintineando en las bandejas de los meseros se fundía con las voces trémulas de todos aquellos hombres y mujeres que no habían tenido la dicha -sí, dicha, pensaba. Tal era el estado de mi mente enfebrecida-, no tenían la dicha de haber caído bajo su hechizo.
Y envuelto en aquella misteriosa aura, como absorto en un seductor ensueño, mis ojos quedaron fijos en los suyos, mientras enigmáticamete me lanzaba una sonrisa de depredador que delataba parte de sus intenciones, y aun ocultaba bajo un fiero velo el todavía desconocido mar de sus emociones...